Me encanta esa sensación, de nerviosismo persistente, cuando no puedo dejar de sonreír, no puedo dejar de actualizar la pantalla del ordenador para ver si aparece ese nombre, su nombre, ese mismo nombre que me hace soñar. Me encanta ese momento de alegría infinita cuando lo veo, y cruzamos miradas, cuando siento que todo tiene sentido, esa milésima de sengundo en que me lanzaría al vacío para que durara un poco más.
Pero odio esa forma que tengo de enamorarme de esas sensaciones, de depender de ellas, esa manera que tengo de llegar a no querer otra cosa, a querer que esos momentos y sensaciones estén siempre ahí.
Por eso, cuando siento esas cosquillas que me recorren, que me hacen tiritar, quiero escapar, huir a donde nadie me encuentre, porque sé que esa sensación acabará y yo quiero que dure para siempre. Por eso soy fría como un témpano, por eso ante una caricia, devuelvo silencio, por eso cuando siento que quiero a alguien, desespero. Y luego llegan la tristeza, el vacío y la culpabilidad.
Tengo miedo. Miedo a decir que estoy rota, vacía, miedo a sentirme más sola, miedo a que nadie pueda hacer nada por mi, o que nadie tenga intención de ayudarme. Tengo miedo a ser débil, a no poder parar de llorar, ni levantarme de la cama, a quedarme ahí una eternidad sufriendo porque es más fácil que luchar.
Tengo miedo a estar enferma, a no poder superar todo el dolor que amenaza con caérseme encima. A no tener fuerzas para levantarme, a rendirme ante mis complejos, a sentirme débil y no poder hacer nada para remediarlo.
Me odio por no poder hacer que la sensación de estar feliz dure en mí más que unas pocas horas seguidas, por no poder moralizarme yo sola, por ser tan dependiente, necesitar tanto que mis amigos me animen.
Odio esa incapacidad que tengo de sonreír de verdad a lo largo de una tarde, esa incapacidad de expresarme. Odio quedarme en silencio, no tener palabras, ni necesidad de expresarme. Odio ponerme triste con la más mínima tontería, y que todo se acumule.
Ni siquiera soy capaz de deprimirme de verdad, sólo me quedo en un punto medio entre una chica feliz, normal y saludable, y una chica enferma de soledad, triste y acomplejada. Ese punto en el que soy una chica sin interés por nada, que se queda quieta ante todo, que no es capaz de hablar, a veces ni siquiera de sentir. Sólo tengo ganas de acurrucarme y llorar, odiarme, y hacerme daño.