Resulta que he estado mejorando. Me siento más feliz, más cómoda conmigo misma.
Aún pienso demasiado, aún digo querer más de lo que estoy dispuesta a luchar para conseguir, aún me hundo algunas veces al ver mi reflejo en el espejo, con esa perspectiva dañina propia del pensamiento único de esta maldita isla en la que llevo cautiva toda mi vida.
No obstante, me siento muchísimo más cómoda con mi cuerpo. Desnuda. Delante de alguien (sí, quién lo diría). Seguramente es en parte debido a esa increíble persona que estoy superando gran parte de mis complejos y obsesiones, esa persona que me hace pensar en mí misma como alguien especial, único, que merece que le quieran.
No, no estoy enamorada; por suerte o por desgracia sigo con mi personalidad gélida y miedosa a la cercanía humana, aunque siga desesperada por tenerla... Mejor aún, he tenido un amigo de esos con los que tanto sueño, que te marcan la vida desde que les conoces, y que luego se van (quizá no permanentemente) dejándote frustrada por no poder saber más.
Es una de esas personas apasionantemente interesantes.
Luego está ésta otra persona que es tan jodidamente adorable que me dan ganas de llorar cuando pienso en ella. Llorar porque sé que merece mucho más de lo que ha tenido y tiene, y por saber que yo no podría dárselo.
Quiero amar. Quiero saber cómo se siente. También quiero que me correspondan, si no creo que sería más bien algo doloroso. Pero por otro lado quiero vivir, experimentar, conocer diferentes perspectivas e ideas. ¿Por qué no serán compatibles?
Creo que lo más coherente es ir viviendo y ver lo que me depara mi viaje. Mientras tanto, debería ir poniendo en práctica lo que digo que quiero hacer.
Aún así me siento melancólicamente feliz, que es uno de mis sentimientos favoritos, porque sonrío y estoy animada pero no pierdo mi extraña visión del mundo y mi instinto gatuno a acurrucarme y solo sentir.